El sistema inmunológico de nuestros niños y jóvenes se debilita en una sociedad que parece no comprender que la contaminación social afecta en primera instancia a los más jóvenes, a los más débiles, a quienes están en etapa de formación. Sin embargo es a ellos a quienes sentamos en el banquillo de acusados, a quienes se sanciona. Nuestros niños y jóvenes cada vez más precozmente sufren de depresión, adicciones, agresiones, siendo víctimas y victimarios simultáneamente sin darles tiempo de darse cuenta de ello.
Son ellos a quienes apunta una sociedad que expresa violencia, intolerancia, discriminación, indiferencia. La misma sociedad que devalúa a sus instituciones se queja de que los alumnos son irreverentes en la escuela; una sociedad que destruye a sus integrantes y en la cual se corrompen sus dirigentes, sanciona al alumno que no respeta a sus profesores; una sociedad que devalúa el trabajo y desprecia el esfuerzo, sanciona a aquellos jóvenes que no estudian. Una dirigencia que cierra ojos y oídos ante la injusticia, se enoja con los adolescentes que transgreden.
Bulling, discriminación, depresión infantil, fracaso escolar, deserción, “paco”, alcohol, son el espejo de lo que el mundo adulto por acción u omisión siembra todos los días en el contexto de jóvenes que conocen un mundo incierto, sin liderazgos, anárquico y con valores enlodados. Palabras de políticos que no pueden mirarlos a los ojos porque son los mismos que les construyeron esta sociedad con piezas de “lego” que se arma y desarma por motivaciones individuales y no en búsqueda del bien común.
Quién tiene el derecho legítimo de educar, quiénes tienen el derecho legítimo de erigirse en modelo para las nuevas generaciones; quién puede pararse frente y junto a nuestros adolescentes con la mirada de contención y autoridad que necesitan. Miremos para adentro de cada uno de nosotros, miremos a nuestro alrededor, miremos el mundo, país y sociedad que construyó nuestra generación; nuestros adolescentes no sólo se expresan, sino algo más grave- denuncian.