Seis
hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un elefante.
Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El primero en llegar
junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: «Ya veo, es como
una pared». El segundo, palpando el colmillo, gritó: «Esto es tan agudo,
redondo y liso que el elefante es como una lanza». El tercero tocó la trompa
retorcida y gritó: «¡Dios me libre! El elefante es como una serpiente». El cuarto
extendió su mano hasta la rodilla, palpó en torno y dijo: «Está claro, el
elefante, es como un árbol». El quinto, que casualmente tocó una oreja,
exclamó: «Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es
como un abanico». El sexto, quien tocó la oscilante cola acotó: «El elefante es
muy parecido a una soga». Y así, los sabios discutían largo y tendido, cada uno
excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque parcialmente en
lo cierto, estaban todos equivocados.
La paradoja
plasmada en esta historia demuestra que, aunque una persona diga blanco y
otra negro, ambas pueden equivocarse y tener razón al mismo tiempo.
Es probable que cada uno de
los sabios tuviera razón, pero a su vez la mirada era parcial desde lo que podían
percibir; quién miraba al elefante en su totalidad, para definirlo?
Se me ocurrió este cuento
para compararlo con lo que nos pasa con la caja curricular; seguramente todos
los referentes, profesores, equipos tienen razón; pero desde la mirada parcial
que les da su campo disciplinar.
La pregunta ( una de las
tantas) es ¿quién mira la totalidad, la articulación de cada uno de los
elementos del currículum, los intereses de cada uno de los actores?
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